Los dioses griegos del Mar (parte III)

AQUELOO

En la mitología griega Aqueloo era el dios del río del mismo nombre, entre Etolia y Acarnania, y el más antiguo y poderoso de Grecia. Era un oceánide, el primogénito de Océano y Tetis, o según otras versiones, de Océano y Gea o de ésta y Helios. En algunas monedas de Acarnania se le representaba como un toro con cabeza de hombre. También está representado como un anciano con dos cuernos, pelo gris y barba hirsuta de la que constantemente mana agua.

El dios Aqueloo en un mosaico romano de

El dios Aqueloo en un mosaico romano de Zeugma

Disputó con Heracles la mano de Deyanira, hija del rey de Calidonia Eneas, de la que estaba enamorado. El mito narra que en la lucha Aqueloo se transformó en serpiente y después en toro, momento que aprovechó Heracles para derribarle y arrancarle uno de sus cuernos, que sólo recuperó a cambio del cuerno de Amaltea, llamado cuerno de la abundancia. Según Ovidio fue el mismo cuerno de Aqueloo el que las náyades recogieron y convirtieron en la cornucopia. Heracles obligó al vencido pretendiente a refugiarse en el río Toas, que desde entonces se llamó Aqueloo. Estrabón interpreta este mito atendiéndose a la naturaleza del mismo río, cuyas frecuentes inundaciones asolaban los campos de Calidón, confundiendo las fronteras y provocando por esto varias guerras entre los pueblos limítrofes. La forma de serpiente de Aqueloo alude a la sinuosidad de su curso, y la de toro, a la fuerza de sus inundaciones y al bramido de sus aguas. Heracles uniformó su cauce poniéndole diques y reuniendo en un sólo lecho los dos brazos de su curso. El cauce arreglado del Aqueloo fue la causa de la riqueza del país que regaba con sus aguas, de donde vendría lo del cuerno de la abundancia. 

Lucha entre Aqueloo y Heracles

Lucha entre Aqueloo y Heracles

El Dios Aqueloo tenía cuatro hijas, cuyo mayor placer era cantar. Con su cante atraían a espíritus, marineros, incluso a Dioses. Por ésto, la diosa Afrodita castigó a las cuatro mujeres pasando de ser mujeres bellas a animales procedentes del cruce de dos especies, cabeza y busto femeninos y cuerpo de pájaro, llamadas sirenas. Estas rivalizaban con las siete musas hijas de Zeus, y en una celebración, retaron a cantar a las musas, pidiendo que los dioses del lugar eligieran quienes cantaban mejor. Fue un espectáculo maravilloso, pero los dioses eligieron como ganadoras a las hijas de Zeus.

Sirenas cantando a marine

Sirenas cantando a unos marineros

 Las sirenas como venganza atrajeron con sus cantes a algunos marineros para luego matarlos. Un día, la goleta Argos se acercó por las aguas de éstos híbridos en la cual iba Orfeo, músico y poeta. Al presentir el peligro de los cantos de estas cuatro hermanas, el musico sacó su lira, haciendo sonar una armoniosa melodía y captar la atención de sus marineros en lugar de las sirenas. Orfeo con su lira era capaz incluso de detener ríos y logró con un hechizo convertir en estatuas a tres de las cuatro hermanas. La cuarta, Arténope, se lanzó al mar para evitar el hechizo, pero murió. El mar devolvió su cuerpo a la orilla y fue enterrado. En ese mismo lugar se narra que nació la ciudad de Nápoles.

La teoría más plausible sobre el antiguo nombre del río Aqueloo remite al prefijo ´aq´ que significa agua (p.e. Aqueronte, Ínaco, Aracto) y el adjetivo comparativo ´loon´ que significa mayor, más grande. Los dos juntos indican: río de muchas aguas.

PROTEO

Proteo o Proteus es un antiguo dios del mar, una de las varias deidades llamadas por Homero en la Odisea ‘anciano hombre del mar’ cuyo nombre sugiere el «primero», el «primordial» o «primogénito». En la teogonía olímpica es hijo de Poseidón o de Nereo Doris, o de Océano y una náyade, y fue hecho pastor de las manadas de focas de Poseidón, el gran macho en el centro del harén. Para recompensarle el esmero con que los cuidaba, le había dado el conocimiento del pasado y del futuro y tenia la facultad de cambiar de forma para evitar tener que hacerlo, contestando sólo a quien era capaz de capturarlo. De aquí proceden el sustantivo «proteo» y el adjetivo «proteico», que aluden a quien cambia frecuentemente de opiniones y afectos. 

El dios Proteo

El dios Proteo

Según Homero, la arenosa isla de Faro, situada frente al delta del Nilo era el hogar de Proteo, el profético anciano hombre del mar y pastor de las bestias del mar. Dos de sus hijos eran monstruos y crueles, y no pudiendo Proteo llevarlos por el camino de la virtud, ni inspirarles sentimientos de humanidad, se retiró a Egipto con ayuda de Poseidón, quien le abrió un camino en el mar. En la Odisea se cuenta que Menelao, a la vuelta de la Guerra de Troya, supo de la hija de Proteo, Eidotea, que para poder saber cuál de los dioses había ofendido y cómo podía apaciguarlo y volver a casa, hubiese tenido que capturar a su padre y obligarle a revelar lo que quisiera saber. Proteo salió del mar para dormir entre su colonia de osos, pero Menelao logró atraparlo, a pesar de que se transformó en león, serpiente, leopardo, cerdo, e incluso agua y árbol. Proteo respondió entonces verazmente a sus preguntas, informando además a Menelao de que su hermano Agamenón había sido asesinado en su viaje de regreso, que Áyax el Menor había naufragado y muerto, y que Odiseo estaba varado en la isla de Calipso, Ogigia.

De acuerdo con la cuarta Geórgica de Virgilio, en cierto momento todas las abejas de Aristeo, hijo de Apolo, enfermaron y murieron. Aristeo acudió a su madre, Cirene, en busca de ayuda. Ella le dijo que Proteo podía decirle cómo evitar otro desastre igual, pero que sólo lo haría si se le obligaba. Aristeo tenía que agarrarle y sujetarle, sin importar en qué se transformase. Así lo hizo, y Proteo terminó rindiéndose y le dijo que sacrificase doce animales a los dioses, dejase los cuerpos en el lugar del sacrificio y volviese tres días después. Aristeo hizo lo que el dios le mandó y cuando volvió encontró en uno de los cadáveres putrefactos un enjambre de abejas, que llevó a su apiario. Las abejas nunca volvieron a enfermar.

Entre los hijos de Proteo se cuentan Eidotea, la ninfa Cabiro, y Polígono y Telégono.

GLAUCO

Glauco es una divinidad y monstruo del mar, hijo de Poseidón y de la náyade Nais, o de Nereo y de la oceánide Doris. La figura de Glauco aparece en las Argonáuticas, de Apolonio de Rodas, y en el Libro XIII de Las metamorfosis, del poeta latino Ovidio

el dios Glauco

el dios Glauco

Los autores narran que antes de ser dios Glauco era un dedicado pescador, que amaba de tal forma a los peces que se estremecía de tristeza al pescarlos. Un día, mientras pescaba, advirtió que los peces que iba colocando a su lado sobre el pasto comenzaban a volver mágicamente al mar. No entendiendo el misterio, decidió averiguar la extraña conducta de los animales. Y finalmente comprendió: un dios misterioso los llamaba desde las aguas; un llamado irresistible que debía provenir de la ingestión de las matas que crecían a la vera del mar. Glauco resolvió entonces comer un poco de ese pasto, para ver si también el alcanzaba a oír el mágico llamado. Y así ocurrió. En cuanto tragó algunos puñados de esas plantas, fue poseído por una furiosa atracción hacia las aguas. Los seres del mar lo acogieron cariñosamente. Océano y Tetis comprendieron que Glauco quería vivir también en su reino, lo adormecieron y, durante el sueño, lo transformaron en un dios marino.

Al despertar, el antiguo pescador se sorprendió: “Fue entonces cuando me vi por primera vez con esa barba verde, esta cabellera con la cual barro la superficie de las olas, estos anchos hombros, estos brazos azulados, estas piernas curvadas que terminan en natatorias, como los peces”. (Glauco significa, en griego, color turquesa brillante).

La nueva forma, sin embargo no le desagradó. Ya que le permitía vivir feliz entre las criatura marinas que tanto amaba y ya no necesitaba matarlas para mantenerse.

GLAUCO Y ESCILA

La mitología narra que el dios estaba enamorado de la hermosa ninfa Escila que, por su cuerpo monstruoso, parte de hombre y parte de pez, rechazaba su amor, escondiéndose de el. Pero el amor del pobre dios era definitivo y desesperado,se lanzó a perseguir a la ninfa, implorando con gritos y llantos convulsivos, que le concediera un poco de atención. Impasible ante las súplicas, Escila continuó su fuga. Después de inútiles búsquedas, el dios se vio obligado a reconocer su derrota. Solamente algún poder superior le permitiría conquistar el afecto de la hermosa ninfa, un poder como el de Circe, la hechicera. Abatido y torturado, Glauco se dirijo hacia la isla de Ea, donde vivía la maga y, entre suspiros y lágrimas, le rogó que lo ayudara a conquistar a la amada ninfa.

Glauco y Escila

Glauco y Escila

 Pero los efectos de su petición fueron muy distintos a los que Glauco esperaba, porque Circe también se enamoró del nuevo dios y se le declaró intentando convencerle de que despreciase a la que le había despreciado. Al negarse, Circe sintió tal envidia por Escila que mezcló unas hierbas en el agua donde se bañaba y la convirtió en un horrible monstruo de cintura para abajo. Desesperada Escila, corrió al encuentro de Glauco y en sus brazos lloró largamente. El también lamenta la belleza perdida, pero rechazó el permanecer junto a la antigua ninfa. Serían infelices ambos. Escila se retiró en el estrecho de Sicilia, aterrorizando a los mortales que antes la cortejaban por su extraordinaria belleza. En la isla de Ea, Circe esperó inútilmente el retorno de Glauco, indignado por su traición y su crueldad que siguió llenando su existencia con el recuerdo de la bella y dulce ninfa, víctima de los celos de la maga.

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