“La sirenita” de Hans Christian Andersen

Un pequeño resumen del verdadero cuento de hadas “La Sirenita” de Hans Christian Andersen, publicado por primera vez en 1836.

En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.

sirena-palacio

La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.

-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!

-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.

La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.

Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.

-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!

Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.

-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.

Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!”, pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”

sirena-barco

A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.

La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.

-¡Cuidado! ¡El mar…! -en vano la Sirenita gritó y gritó.

Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.

El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.

sirena-umano

Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.

-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito…! ¡Ha sido la tormenta…! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda…

La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.

-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.

La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.

Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!

Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.

Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.

-¡…por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.

-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!

¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.

surena-bruja

-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.

Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.

-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?

Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.

-Te llevaré al castillo y te curaré.

Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.

Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.

Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.

La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.

Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:

-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.

Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.

1258869325704_f

Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:

-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!

-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?

-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.

La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:

-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.

-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.

Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.

Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.

Anuncios

La magia del papel: filigranas marítimas

Blog Cátedra de Historia y Patrimonio Naval

El mar y sus habitantes, así como las naves que lo atraviesan, han quedado inmortalizados en miles de manifestaciones de la humanidad. Hay algunas que son profundamente desconocidas, pero no por ello son menos dignas de exhibirse y difundirse. Es el caso de las marcas de agua que solía llevar el papel.

Pez. Pilten 1563. Fuente: http://www.piccard-online.de/detailansicht.php?klassi=037.002.005&ordnr=44424&sprache=en Pez. Pilten 1563. Fuente

En un recorrido por las señales que habitualmente dejaban los fabricantes de este material documental, hemos encontrado la milenaria conexión hombre-mar, que con la aparición y uso del papel se ha convertido en un tándem que caracteriza profundamente nuestra civilización: el mar para navegar y soñar y el papel para dejar por escrito nuestros pensamientos y actividades.

Barco. Culemborg 1376. Fuente: http://www.piccard-online.de/detailansicht.php?klassi=020.&ordnr=156030&sprache=en Barco. Culemborg 1376. Fuente

Las marcas de agua con motivos marinos son muy variadas y existen ejemplos desde la Edad Media. Las más comunes representan peces, barcos, moluscos, anclas, compases y sirenas, entre otros, pero con el…

Ver la entrada original 1.021 palabras más

Los barcos y la navegación en la antigüedad (parte II)

LOS GRIEGOS

La navegación y el mar en la cultura griega fueron los protagonistas y motores de desarrollo de su civilización.  Los griegos lograron establecer una verdadera thalassocracia basada en un sistema muy potente de colonización, ademas de convertir a los barcos en sus principales armas de guerra. La navegación nunca llegó a ser una practica segura sino, a causa de los riesgos que se corrían en enfrentarse a ella, siempre ha tenido una elevada carga de religiosidad y superstición. La navegación griega se caracteriza principalmente por los grandes avances tecnológicos y científicos. Uno de los materiales de construcción que mas contribuyeron a su desarrollo fue el hierro, gracias al cual se empezaron a emplear clavos y hachas. Todo esto permitió pasar al método constructivo de “las cuadernas primero” en la que se armaba en primer lugar el esqueleto del barco y se forraba luego con la tablazón. También los avances científicos facilitaron mucho el buen éxito de la navegación y de las expediciones. Ya a partir del siglo VI a.C. se empezaron a impartir las primeras directrices sobre la navegación y a fabricar los primeros mapas, que proporcionaban informaciones sobre las costas mediterráneas y vientos que se podían encontrar.

Antes de la llegada de la Trirreme las naves típicas eran muy sencillas y ligeras. Podían llegar a tener hasta 50 metros de eslora con una sola vela cuadrada. Tenían una borda muy baja y el casco era cubierto de una resina vegetal que impedía que entrara el agua y que les daba un típico color negro, por lo cual Omero las llama en sus obras “las negras naves”.

Embarcacion griega

Embarcacion griega

A partir del siglo V a.C., para obtener mas fuerza propulsora sin necesidad de construir barcos mas grandes, se empiezan a difundir las Trirremes, o sea barcos impulsados por tres ordenes de remeros. La quilla y las cuadernas estaban hechas de madera de fresno y el casco de abeto. Solo tenían un mástil con una vela cuadrada y poseían dos grandes remos colocados en la popa como un timón. Estaban dotadas también de un espolón colocado en la proa y una cubierta que cubría todo el barco de proa a popa. Tenían una tripulación de 200 hombres entre remeros, hoplitas y marineros.

bajorelieve con trirreme

Bajorelieve con trirreme

Trirreme griega

Trirreme griega

LOS CARTAGINESES

Otra potencia que luchó para la hegemonía sobre comercio y rutas en el Mediterráneo fue la cartaginesa. Disponía de una importante flota de guerra compuesta por rápidas embarcaciones con un solo orden de remos, movidos cada uno por dos remeros (monorremes), y por las famosas Penteras. Gracias a los últimos descubrimientos submarinos se sabe que las Penteras eran embarcaciones con dos ordenes de remos, los inferiores movidos por dos remeros y los superiores por tres. Ellos también introdujeron técnicas innovadoras en la construcción naval, como las piezas prefabricadas y numeradas, que facilitaban la labor de los carpinteros y permitían construir muchos mas barcos en menor tiempo. En el asedio de Carthago durante la ultima Guerra Púnica, los Cartagineses fueron capaces de construir mas de 200 penteras en menos de tres meses.

Pentera Cartaginés

Pentera Cartaginés

En sus viajes de descubrimiento y comercio, los cartagineses rebasaron las columnas de Hercules y establecieron rutas comerciales por la costa de Portugal hacia Inglaterra e Irlanda (ricas en estaño) y por las costas africanas hasta el Golfo de Guinea (ricas en marfil y maderas preciosas).

base naval de Carthago

Reconstruccion de la base naval de Carthago

LOS ROMANOS

Aunque el poderío romano inicialmente fue principalmente terrestre, pronto se dieron cuenta que habían de mejorar y potenciar su flota para poder contrarrestar con las potencias marítimas de otros pueblos, como el cartaginesa. Ya en el 260 a.C. habían construido una flota potente compuesta por 150 embarcaciones (trirremes y quinquerremes). Las dos flotas que principalmente controlaban el Mar mediterráneo y aseguraban la hegemonía romana sobre el fueron: la Classis Misenensis que controlaba la parte oriental del mediterráneo y la Classis Ravennatis  que ejercía su poder sobre la parte occidental del Mare Nostrum.

Entre los barcos de guerra los Romanos llegaron a desarrollar varios tipos de barcos:

El Birreme

Birreme romana

Birreme romana

Embarcación impulsada por dos órdenes de remos y con un mástil en el centro de su eslora.  Eran barcos rápidos y maniobrables, de escaso calado, su estrecha pasarela de combate (que albergaba la infantería) y su poderoso espolón en forma de cuerno fueron las características mas destacadas y fuertes de este tipo de barcos.

El Trirreme

Trirreme romana

Trirreme romana

Era una embarcación con tres ordenes de remos de alrededor de 50 m de eslora con una gran vela cuadrada. Podía alcanzar grandes velocidades que eran aprovechadas en el ataque a los barcos enemigos. Cuando el espolón se clavaba en el barco enemigo dejaban caer el cuervo que era una plataforma de asalto con un gancho que caía en el barco enemigo impidiendo separarse ambas naves. Así unidos los dos barcos, las tropas de asalto pasaban al buque adversario trabándose una lucha cuerpo a cuerpo que terminaba con la captura de uno de los barcos.

Remeros de una trirreme

Remeros de una trirreme

El Cuadrirreme

Cuatrirreme romana

Cuatrirreme romana

Era una embarcación con dos niveles de remeros, y por lo tanto tenía menor eslora que el quinquerreme, mientras que su manga era aproximadamente la misma. Desplazaba alrededor de 60 toneladas y capacidad para unos 75 marineros. Debido a su gran velocidad y maniobrabilidad fue clasificado como principal embarcación ligera.

cuatrirreme1

Remeros de una cuatrirreme

El Quinquerreme

Quinquerreme romana

Quinquerreme romana

Este tipo de barco se desarrolló a partir del trirreme. Fue usado por los griegos, cartagineses y romanos, desde el siglo IV a.C. hasta el siglo I d.C.. Fue adoptado por los romanos después de la primera Guerra Punica, cuando el Senado decidió potenciar su flota. Transportaba un total de 420 tripulantes (300 eran remeros) y constaba de  90 remos por cada lado, y 30 filas de remeros. Tenía una eslora de unos 45 metros y una manga de 5 metros al nivel del agua, con la cubierta de 3 metros por encima del mar, y desplazaba alrededor de 100 toneladas.

Remeros en una quinquerreme

Remeros en una quinquerreme

El Hexarreme 

Hexarreme romana

Hexarreme romana

Eran barcos propulsados por seis ordenes de remeros y de un tamaño considerable. Se utilizaban como navíos de representación en misiones diplomáticas por su enorme porte (de hecho podían desplazar hasta 120 toneladas).

La Galera Liburnia

Galera liburnia

Galera liburnia

Era una embarcación que tuvo su origen en Liburnia, en la costa del Adriático, y que se empleaba en la piratería de esa época. La construcción de estas galeras usaba maderas de ciprés, alerce y abeto. Con el auxilio de este tipo de naves de guerra Augusto venció a la flota de Marco Antonio y Cleopatra en la memorable Batalla de Azio debido a lo ligeras y maniobrables que eran en comparación a las monumentales pero lentas galeras y desde entonces se le dio preferencia en la Armada Romana. Estas naves que servían también para escoltar a las naves mercantes romanas en sus travesías por el Mediterráneo para protegerlos de naves piratas.

 Barcos Mercantes

Barco mercantil romano

Barco mercante romano

También los barcos mercantes tuvieron gran importancia en la economía romana, permitiendo efectuar un comercio de grandes distancias y por todo el mediterráneo. La velocidad de estos navíos que se desplazaban por el mediterráneo, en condiciones de viento favorable, podía alcanzar los seis nudos, recorriendo, según las fuentes escritas, 935 millas náuticas, distancia existente entre Gibraltar y el puerto de Ostia, en siete días. El sistema de gobierno de estos barcos consistía en dos enormes remos situados en la popa. Estos timones se accionaban por medio de una caña, consiguiendo, con un solo hombre, el rumbo deseado. El velamen de estas naves era generalmente una vela cuadra arbolada en un único mástil. A partir del siglo I d.C. comienza a usarse, según fuentes iconograficas una pequeña vela instalada en un mástil inclinado en la proa del barco. En algunos mosaicos aparecen representadas embarcaciones con tres velas, todas ellas cuadras, e incluso una vela de gavia triangular. Otro accesorio de los barcos eran las anclas, normalmente construidas de madera con cepo, zuncho y uñas de plomo. La capacidad media de carga de los navíos mercantes oscilaba, dependiendo de sus dimensiones, entre 3.000 y las 5.000 ánforas de 26 litros de producto, mas 17 o 18 kilos de peso del envase. Esto supone unas 130 a 200 toneladas de carga, a las que habría que sumar el peso de la embarcación para conocer el desplazamiento.